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11/02/2006

El deber del Paladín

Dedicado a mi buen amigo, Garlik. Gracias bro, por animarme a seguir escribiendo.

Alzo los ojos al cielo nocturno y contemplo la belleza de Selene en todo su esplendor. La Luna, como la llaman los ignorantes humanos y vampiros, ilumina con su esplendor el Bosque de Araudrín. Cada árbol, cada piedra, todos y cada uno de los arroyos y de las montañas, que conforman este paraíso. El viento frío, me anuncia la próxima llegada del invierno y me trae el sonido de los animales nocturnos. Con la siguiente ráfaga, llega un olor conocido y un sabor acre se acomoda en mi lengua. Cierro los ojos y dejo que mis demás sentidos, interpreten lo que me traen los vientos. Sin duda una lechuza, se acaba de dar un festín con algún roedor.

Es en momentos como estos, cuando recuerdo las palabras de Argos, uno de los ancianos de mi tribu “El olfato, joven Garlik, es con mucho el sentido más infravalorado de todos. Los humanos, apenas lo usan, más que para deleitarse con el olor de la comida o sentir el perfume de una mujer. Están tan sumamente supeditados a la vista, que menosprecian sus otros sentidos. Incluso los vampiros, infinitamente más dotados en cuanto a sus capacidades sensoriales se refiere, sólo lo usan para detectar el hedor de la sangre. Pero la Madre Naturaleza, nos ha dotado de más de un sentido y todo cuanto hace la Madre, lo hace por un motivo. Los hombres lobo, somos sin duda, los hijos predilectos de la Madre y está en nuestra naturaleza, explorar todos y cada uno de los dones que se nos han dado”.

Echo de menos al viejo Argos, echo de menos la tribu… claro que ahora he hecho nuevos amigos y.. bueno, esta Ana. Tiemblo al recordar sus labios sobre mi cuello. Se que sus colmillos siguen ahí, tras esos labios que escoden… La siguiente ráfaga de viento, descarrila el tren de mis pensamientos. Sonido de lucha, olor de sangre. La paz de la noche se ha roto. Me concentro, siento, escucho, huelo, saboreo… El olor de la muerte en vida me dice que hay tres, tal vez cuatro vampiros, el sonido de la batalla, me advierte de que están luchando, armados con espadas, garras y colmillos. Pero no guerrean entre sí, sino contra un elegido de la Madre, un hombre-lobo. El deber de un paladín es claro como el agua, socorrer al indefenso. Sin embargo, hay algo extraño, un olor que al principio no había percibido. Aquí hay más de lo que parece.

Abro los ojos, al tiempo que abandono la forma del lobo, para asumir la forma guerrera. Un híbrido de humano y lobo, un humanoide de más de dos metros que se yergue sobre sus patas traseras. Cabeza y garras de lobo, inteligencia de humano, la fuerza de una bestia de leyenda. Atravieso los bosques velozmente, en silencio, con la maestría que sólo un Señor puede alcanzar en sus propios dominios. A menos de dos kilómetros hacia el norte, discurre el combate. Como sospechaba, cuatro chupasangres acorralan a un licántropo. El deber de un paladín es claro, pero aquí hay algo más. Algo que escapa a la vista. El extraño olor se ha vuelto más fuerte, una vez más me concentro en él se que lo he olido antes, se que puedo reconocerlo si me esfuerzo. Al final, la luz se hace en mi mente. El licántropo que lucha por su vida, ha sido maldecido. No por sus atacantes, ni por cualquier otro enemigo sobrenatural, sino por su propia especie, por sus antiguos compañeros de tribu, por sus amigos y familiares. La maldición es ahora clara como el agua de manantial. El hombre-lobo que haya sido marcado con ella, no pertenecerá nunca más a su antigua familia, la sociedad licántropa lo ha desterrado para siempre. Sus camaradas le repudiarán de por vida y sus propios hermanos intentarán matarle si tienen la oportunidad. Es sin duda, el castigo más cruel que se le puede imponer a un elegido de la Madre.

Puede parecer cruel, pero una maldición de tal magnitud, no se impone a la ligera. Los ancianos meditan mucho antes de utilizarla, e incluso prefieren matar al culpable, antes de usarla, por lo que si este lobo ha sido condenado con ella, no puede haber duda de su culpabilidad. El deber de un Paladín, es claro, debo dejar que los vampiros acaben su trabajo. Una vez que ejecuten al traidor, me encargaré de los chupasangres. Me siento a esperar.

El hombre-lobo es fuerte y rápido, pero sus enemigos tienen la ventaja del número. Le flanquean por los cuatro costados y le acosan sin descanso, como una jauría de perros salvajes. Pronto habrá acabado todo, pronto descansarás en paz… hermano.

Me lo digo una y otra vez, la maldición sólo se lanza sobre culpables probados, sólo cuando son criminales irrecuperables, pero sin embargo, no logro convencerme a mí mismo. A veces, las pruebas pueden ser falseadas, a veces los inocentes pagan por pecadores, a veces los líderes… son alejados de sus tronos.

Finalmente me rindo a mis instintos y me lanzo al combate. Los vampiros me ven llegar, pero no están preparados para mi furia. Me lanzo sobre el que tengo más cerca y cierro mis mandíbulas sobre su cuello. La satisfacción crece en mí, cuando siento sus huesos crujir baja mis apretadas mandíbulas, pronto mi adversario yace decapitado y se deshace en mil cenizas.

Los otros chupasangre se han vuelto hacia mí, en un vano intento de hacerme frente, pero no tienen nada que hacer, mi velocidad es la del viento, mi poder es la luz de la justicia. Me lanzo sobre el segundo enemigo, esquivo su espada y mi puño se estrella contra su cabeza, lanzándolo varios metros hacia atrás. Cae como un saco al suelo, aún no está acabado, pero tardará en levantarse. Sus dos amigos restantes, se lo toman con calma, se alejan un poco y asumen posturas defensivas. Detrás de ellos, el licántropo maldito, está tambaleándose, sangra profundamente, no me será de mucha ayuda en la lucha. Sus ojos amarillos, están fijos en mí, como si no pudiera comprender lo que está pasando, lo cierto es que yo tampoco lo entiendo. No puedo creer que lo esté ayudando.

Los vampiros se separan, para obligarme a atacar a uno de ellos y dar la espalda a su compañero. Esto se pone feo, trato de guiarme por mi instinto, para saber cual es la presa más difícil y empiezo a dirigirme hacia el que está a mi izquierda. Noto por su postura y su forma de agarrar la espada, que es mejor luchador que el otro. Tendré que confiar en mi velocidad, para matar a mi adversario, antes de que su complice, me decapite por detrás.

Contraigo todos mis músculos por un instante y salto a la velocidad del relámpago contra el vampiro que he elegido. A pesar de todo, mi enemigo es rápido y ha conseguido darme una estocada en el brazo, siento el acero cortando músculo y hueso, tardará en cicatrizar, la sanguijuela, no tiene tanta suerte, nadie puede cicatrizar un corazón, cuando unas garras afiladas, te lo arrancan del pecho.

Doy un salto y giro en el aire, esperando el ataque del otro adversario, pero este nunca llega. El licántropo al que he salvado de una muerte segura, ha reaccionado al fin, atacando al último vampiro, decapitándolo con su propia espada. Permanecemos frente a frente, inmóviles, como si fuéramos estatuas. Sólo pasan unos segundos, pero la tensión del momento es tan grande, que parece que hayan transcurrido años. Finalmente se mueve, contrae levemente la nariz y olfatea mi olor.

- Eres un Paladín – dice – puedo sentirlo.

- Sí, lo soy.

- El deber de un Paladín es claro. Debes matar a aquel que lleva la maldición – señala las cenizas de lo que antaño fueron cuatro vampiros – o debes dejar que otros lo maten.

- Podrías ser inocente – le respondo – las pruebas podrían estar equivocadas, los testigos..

- Las pruebas eran correctas – me interrumpe – los testigos, gente de honor. Yo maté a mi mejor amigo y soy tan culpable como el demonio.

El silencio se vuelve más y más espeso a nuestro alrededor. “Debes matarlo”, repite una voz en mi cabeza, una y otra vez. Pero mi corazón, me dice que hay culpables y culpables. En la vida, no todo es blanco o negro y que tal vez mi deber no sea tan claro después de todo. Pero soy un Paladín, para mí sólo hay Luz y Oscuridad. La cabeza me da vueltas y parece que va a estallar. Pero en ese momento percibo la Luna sobre mi cabeza y la respuesta aparece clara en mi mente.

- El deber de un Paladín es claro – le digo al fin – A veces debemos matar – afirmo mientras señalo los restos de los vampiros – pero no lo hacemos por gusto. Los Paladines servimos al bien, no somos ejecutores ni asesinos. No es mi obligación acabar con tu vida, sino ayudarte a salir de la oscuridad que te envuelve… hermano.

Puedo ver la sorpresa en su rostro, hace mucho que nadie de nuestra raza le llama hermano, hace demasiado tiempo, que todos le dan la espalda.

- Dime como te llamas – le pido.

- Yo… - titubea – antes tenía un nombre, pero ahora, ya no tengo derecho a usarlo – vuelve a dudar – pero puedes llamarme Usagi.

- Vamos Usagi, ven conmigo. Conozco un lugar, que podrás llamar hogar y a unos Solitarios, a los que podrás llamar amigos.